EN EL DÍA DEL ESCRITOR VENEZOLANO.
JOSÉ GREGORIO HERNÁNDEZ COMO ESCRITOR.
Edgardo Rafael Malaspina Guerra.
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Además de sus escritos estrictamente
científicos y ligados a su labor docente, José Gregorio Hernández hizo también
una serie de publicaciones de corte literario.
Estas
publicaciones (casi todas en El Cojo Ilustrado), sus cartas inéditas de la
juventud y sus ensayos filosóficos tienen un perfil propio que le dan un estilo
genuino y exquisito como escritor. Sus contemporáneos así lo entendieron y los
elogios y apreciaciones positivas fueron muchos.
En El Cojo Ilustrado Hernández publicó “El
señor Nicamos Guardia” (1893), “Visión del arte” (1912), “En un vagón” (1912), y “Los Martínez” (1912). Sobre este último trabajo, Mario Briceño Iragorry
dijo: “La página que publicamos de él indica una pluma hábil de dotes
literarias no comunes y bastaría para consagrar una reputación”.
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Apenas
recibe su diploma de médico, el joven Hernández empieza a trabajar en la
provincia. Tiene entonces 24 años y escribe a sus amigos acerca de lo que hace
y de lo que piensa hacer. Santos Dominici escribe sobre esas cartas:
“No se busque, pues, en esas hojas amarillentas
por el tiempo hondas concepciones filosóficas, ni grandes descubrimientos
científicos o nuevas formas literarias, sino menos autógrafos juveniles de
aquella personalidad excepcional única en nuestros fastos, por el conjunto de
sabiduría y virtudes”.
Cuando
Hernández escribe sobre sus enfermos, los hospitales, los viajes y
dificultades para atender a sus pacientes nos recuerda a Mijaíl Bulgákov y sus
“Notas de un médico novel”.
En un relato denominado “Tormenta” el escritor y médico ruso Bulgákov habla de
un joven galeno que viaja para atender a una mujer enferma y lucha tenazmente
contra las condiciones climáticas adversas. En una carta JGH dice: “En días
pasados me vinieron a buscar para ver un enfermo, eran las seis de la tarde y
el lugar donde me encontraba distaba de mi casa como unas seis leguas, estaba
metido en la serranía. Con toda paciencia hice ensillar mi caballo –que dista
mucho de ser bueno- y tomé rumbo hacia el pueblecillo seguido del sujeto que
vino a buscarme en magnífico caballo. Habíamos caminado como dos leguas cuando
la noche se nos vino encima, negra como pocas y tempestuosa; le hice notar a
mi compañero que mi caballo tenía tendencia a cabritarse y que el suyo quería
imitarlo, a lo cual me respondió que eso nada tenía de particular, porque como
bien podía ver, dentro de poco se desencadenaría una tempestad y lo mejor era
acelerar nuestras cabalgaduras para ganar camino y sobre todo tiempo . Tal
advertencia no era para tranquilizarme, pero yo seguí avanzando con cierto
malestar que al principio atribuí a inquietud por la proximidad del peligro y
luego me convencí, era más bien producida por la inmensa cantidad de fluido
eléctrico de que estaba cargado el ambiente. Media hora después estalló el
primer relámpago inmenso, inaudito, parecía como si nos hubiéramos sumergido
en un océano de luz; se veía todo: los cerros, las hondonadas, y el cielo
lleno de agua. Ciego me quedé durante cinco minutos y solo volví de mi estupor
porque mi caballo que se había encabritado, no me derribó milagrosamente y
corría con furia siguiendo al de mi compañero que había manifestado de modo
idéntico su espanto. Pocos segundos después vino el trueno e inmediatamente
grandes gotas, convertidas luego en verdaderos chorros, nos inundaron, y lo que
es peor, humedecían el camino de tal suerte que nuestras bestias no caminaban, si no rodaban”.
3
En
otro aparte, hablando de su paso por las montañas, Hernández escribió: “La
sensación que se experimenta al contemplar el páramo, es de una naturaleza
muerta, llena de desolación y un frío que nos hiela los huesos; la luz solar
parece más bien una luna, y la atmósfera está tan enrarecida que es difícil
encontrar aire bastante para respirar y se lega muchas veces a sentir disnea.”
Luego remata: “En esos lugares, se
experimenta la necesidad de conversar en alta voz y aun de gritar, porque a la
vista de tal soledad con tan poca luz, escaso el aire y la vegetación tan
raquítica, cree uno llegar a la afonía y hasta la afasia”.
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Desde muy joven Hernández se apasionó por el
mundo de las letras. Leía textos traducidos del francés. Le gustaba la lectura
de obras de teatro. Del libro de
Leonardo Fernández de Morantín sobre los orígenes del teatro español dijo: “Me
doy cuenta de lo útil que es el estudio de las obras de teatro, pues si hoy que
apenas conozco la evolución del teatro español a través de los siglos, me
deleito leyendo algunas de las comedias de las que afortunadamente tengo aquí;
como gozaría leyendo a Shakespeare en su propia lengua”.
Luis Razetti se refirió a Hernández como
escritor: “A la obra de la cultura nacional legó hermosos capítulos de ciencia
alta y profunda y deliciosas páginas escritas en el más puro lenguaje del arte
clásico”. Precisamente ese lenguaje del arte clásico puede apreciarse
nítidamente en el trabajo de JGH
intitulado “Visión del Arte”.
En “Visión del Arte” las palabras se hilvanan
con la belleza y precisión de los poemas en prosa. En un sueño fuerzas
poderosas le hacen una revelación al autor: “La tarde estaba cálida,
tempestuosa y cargada de fluido eléctrico que obraba implacablemente sobre mis
nervios, comunicándoles como unas corrientes no interrumpidas de malestar.
Había tenido durante el día un trabajo fuerte y emocionante, y me sentía con un
cansancio físico muy pronunciado”.
Luego continúa: “A mi alrededor los objetos
tomaban formas fantásticas, moviéndose caprichosamente y agitándose en baile
siniestro y lúgubre. En particular un jarro de viejas flores que estaba
olvidado sobre la mesa en que me había puesto a escribir me producía la ilusión
de que estaba haciendo toda suerte de contorsiones, se inclinaba a la derecha y
a la izquierda con cierto aire de burla, y por último creí verlo que se doblaba
más profundamente como si me hiciera una cortesía, hasta que, tomando vuelo, se
desprendió de la mesa y fue a colocarse sobre la puerta entreabierta de la
habitación”.
Más
tarde remata: “Entonces pude ver en el dosel del trono en el que se hallaba el
recitante esta inscripción en letras refulgentes: ¡poesía! ¡Eres de
todas las bellas artes la más excelsa! ¡Eres el arte divino!” “Traté de ver
si la aparición estaba a mi lado como antes y nada pude distinguir. Hice un
esfuerzo mayor para abrir los ojos y mirar alrededor, y entonces fue cuando
empecé a volver a la realidad… En el suelo estaban unas cuartillas caídas de la
mesa: en una de las cuales había un renglón medio borrado en el que pude leer:
capítulo segundo del arte”.
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Sobre
“Visión del Arte” Juan Carlos
Chirinos escribió: “El texto de corte fantástico presenta una escena romántica: el medio ambiente tempestuoso como correspondencia a los agitados
pensamientos del escritor. El toque literario laudable es el efecto de
circularidad, pues su estructura anular
regresa al lector al inicio, sumando ambigüedad a la fantasía”.
Pintura:
José Gregorio
Hernández en los Morros. Cuadro del pintor comunitario José Gregorio Parra, de
La Victoria, Edo. Aragua. Cortesía de los estudiantes de primer año de
Medicina, Sección H. 2010. (Museo de Historia de la Medicina de la Universidad
Rómulo Gallegos. San Juan de los Morros).
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